EL ABRAZO VALENCIANO, Un amigo italiano suele decir que los valencianos te abren en seguida los brazos para abrazarte pero nunca llegan a cerrarlos

Un amigo italiano suele decir que los valencianos te abren en seguida los brazos para abrazarte pero nunca llegan a cerrarlos. Tal vez. Los tópicos esconden casi siempre una parte de verdad, y sobre el carácter ‘falsete’, fenicio, festivo, superficial o concupiscente de los valencianos se han erigido muchos.

 


El amigo italiano, en cualquier caso, lleva ya unos cuantos años viviendo en Valencia, habiendo nacido en una población bañada por la laguna de la indeleble Venecia. Llegó con una beca Erasmus y se quedó en la ciudad que el crítico teatral y escritor de viajes Kenneth Tynan calificó de “capital de antiturismo”. De eso hace ya unos 40 años. Las cosas han cambiado mucho, aunque hasta hace bien poco un cartel en la entrada principal de Valencia anunciaba que se podía visitar su centro histórico en dos horas. Toda una declaración de bienvenida, de auto-odio y también, por qué no, de personalidad. Entren, sí, pero márchense rapidito y déjennos tranquilos: tampoco hay mucho que ver.

Hoy todas estas cuestiones quedan como muy desfasadas. Hoy Valencia se vende al mundo como un destino turístico de primera clase, la capital del turismo, la ciudad de la Copa América y de la Fórmula 1. Por sus calles se escuchan diferentes idiomas. Se han abierto numerosos hoteles y restaurantes. Se han multiplicado las líneas aéreas de bajo coste que recalan en su aeropuerto. Se ha creado y popularizado un futurista ‘sky line’ de Valencia por obra y gracia de la arquitectura mediática del nuevo ‘santo’ valenciano, Santiago Calatrava. No hay duda de que Valencia se ha internacionalizado, reinventándose y manifestando una nueva cara con vocación cosmopolita que empezó a gestarse en ferias como la del mueble, una de las principales del mundo. Pero también es cierto que lo ha hecho en buena medida dando la espalda al talento y al trabajo de la mayoría de los creadores (artistas, diseñadores, arquitectos, urbanistas) que ofrecen más contenido que continente, más rigor que artificio. La apuesta por la modernidad peca de epidérmica y desaforada.

La ciudad propone e impone su propia versión del signo de los tiempos. Una versión desbocada, que le ha llevado a pasar de no tener una temporada lírica a contar con uno de los teatros de la ópera más grandes (y costosos) del mundo. Un edificio que condensa el catedralicio barroquismo valenciano y pone de manifiesto unas pautas de comportamiento propias de nuevos ricos. Como se dice en la lengua autóctona: “Xe, serà per diners!”. Dineros públicos, claro. Los efectos han sido casi inmediatos. Al menos en eso que se llama impacto mediático. Los datos, no obstante, son testarudos, y Valencia dista mucho de jugar en la liga de las estrellas del turismo urbano y cultural. Ha avanzado mucho, pero ha optado de manera excesiva por seguir la senda marcada por una cultura efectista de escaparate que conduce a la despersonalización globalizadora… Sin embargo, ¿qué ciudad del mundo puede presumir de estar rodeada (otra cosa es por cuánto tiempo) por una huerta, una playa y un parque natural que es un lago separado del mar por pinos y dunas? ¿O de contar con un animado casco antiguo lleno de sugerentes recovecos, tan grande como desaprovechado? ¿O de tener un largo río, convertido en jardín, que la recorre como arteria verde? Su principal atractivo radica en estas singularidades y en sus múltiples imperfecciones que todavía la hacen una ciudad humana. Es fácil y cómodo vivir en Valencia. Su tamaño medio y su clima benigno contribuyen a ello, al margen de que, a veces, estas condiciones favorables se utilicen para justificar actitudes acomodaticias e indolentes.

Provinciana y mundana, rural y portuaria, Valencia es una ciudad de contrastes, que se enorgullece de su cara más tolerante, festiva y creativa, y obvia el peligro de perder su personalidad por la profunda operación estética a la que se le está sometiendo. Una cara de rasgos irregulares y desequilibrados que, sin embargo, puede seguir resultando atractiva. De otro modo el amigo veneciano no habría sucumbido al imperfecto abrazo valenciano.

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