EL RETORNO A LA CIUDAD

Jane Jacobs, una perspicaz lectora de ciudades que compuso un sabroso recetario fundamental para el urbanismo moderno («La vida y la muerte de las grandes ciudades») refiere en «La economía de las ciudades» que los hallazgos encontrados en los yacimientos arqueológicos de algunas de las primeras concentraciones humanas demuestran que su base económica consistía en el comercio de obsidiana, material extremadamente útil para la confección de flechas y otras armas y también, una vez pulimentado, como rudimentarios espejos y valiosas joyas. Nada nuevo bajo el sol: la guerra y el amor, las dos pasiones humanas más persistentes, se constituían ya en los albores de la humanidad en el fundamento básico de las ciudades. Y el comercio, en la actividad que las promovía y sustentaba.

En función de estas premisas cabe decir que la ciudad es, antes que nada, un espacio denso y complejo de acumulación e intercambio, condiciones que se acreditan en todas las urbes que pueblan nuestra memoria y que se han perpetuado desde su origen hasta nuestros días. Entre estos procesos de acumulación-intercambio, el comercio ocupa un lugar principal y, en consecuencia, ha reclamado siempre escenarios urbanos especializados para su práctica… hasta la Edad Media, mediante la creación de barrios de carácter gremial (producción especializada) en las que se promovían las prácticas comerciales cotidianas. Las de carácter excepcional reclamaban otros espacios también especializados: grandes plazas o espacios amplios intramuros y, más comúnmente, espacios abiertos en las puertas de la ciudad, al pie de las murallas, que servían de protección frente al enemigo pero que daban también cobijo al tráfico comercial. El carácter cíclico de estas prácticas comerciales excepcionales dio lugar a la combinación de actividades: el comercio se aderezaba de eventos festivos, de manera que las trasnsacciones se hacían coincidir en el tiempo, y muchas veces en el espacio, con otras actividades ligadas al potlacht, sirviendo conjuntamente como punto culminante del ciclo acumulación – despilfarro. No por otra razón hay todavía muchas fiestas que, aunque haya desaparecido en buena parte el intercambio comercial que les dio origen, se siguen llamando ferias. La irrupción de los procesos manufactureros avanzados a partir de la revolución industrial produjo tres consecuencias que afectaron decisivamente al comercio: la producción seriada de una enorme variedad de productos; la progresión hacia la innovación y la obsolescencia, que imponía continuas novedades; y, para terminar, la activación de procesos de acumulación hasta entonces nunca conocidos, que comportaba la compulsión hacia el consumo de bienes no estrictamente necesarios.

Otros elementos contribuyeron a la ampliación de la demanda: la emergencia de una nueva clase con potencial consumidor (la llamada clase media: capas burguesas que se hicieron fuertes a partir de los procesos revolucionarios del siglo XIX) y el desarrollo del transporte de pasajeros y mercancías, así como la creciente importancia de la prensa escrita y, posteriormente, de los medios audiovisuales. Todos estos factores hicieron posible la ampliación significativa de los mercados y la irrupción de modalidades comerciales que han tenido gran importancia a lo largo del siglo XX, pero que en la actualidad tienden a declinar: las ferias de muestras y las exposiciones universales o internacionales.

La acumulación de ofertas y la tentación gigantista de la política-espectáculo ha conducido a un imparable aumento del tamaño de ambas, promoviendo la creación de instalaciones específicas de elevado coste de construcción, dotación y mantenimiento, que han competido muy duramente, y a lo largo de decenios, por la primacía de los diferentes sectores productivos. Esta deriva política tiene graves inconvenientes: la inclinación hacia la especificidad de los espacios arquitectónicos plantea graves problemas para usos alternativos que mejoren el ratio anual de actividad, contribuyendo a la infrautilización de las instalaciones; por otro lado, las crecientes necesidades de suelo y el imponente tamaño de los edificios exige, cada vez más, alejarse de los centros urbanos, lo que rompe el contacto directo de la actividad comercial y la ciudad, facilitando, de paso, la decadencia de ésta y generando ofertas específicas de alojamiento, hostelería y comercio que encapsulan al visitante en un espacio suburbano reducido en superficie y limitado en contenidos. Todo lo cual conduce inevitablemente al aburrimiento.

La irrupción de los medios audiovisuales y, muy especialmente, de Internet pone en entredicho la utilidad real de las ferias y las exposiciones (universales o internacionales), al menos en su actual formato. Sólo la especialización y la celebración de eventos paralelos pueden devolverles el atractivo que paulatinamente han ido perdiendo. Pero para que ello sea posible hay que volver a convertir el espacio urbano en el lugar principal del comercio y de las actividades asociadas, cualquiera que sea su forma, escala y régimen de funcionamiento. En consecuencia, retornar a la ciudad como escenario fundamental de la actividad comercial, como lo fue en su origen más remoto.

 

 

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