LA ESCENA URBANA COMO FACTOR DE PRODUCCIÓN

A despecho de la importancia que otorgaban a la escena urbana los urbanistas clásicos, puesta de manifiesto en los textos teóricos de Camillo Sitte a finales del XIX, atravesamos una larga etapa a lo largo de casi todo el siglo XX en la que, en España, la producción urbana ha sido siempre un área de actividad sometida a objetivos y reglas de carácter más cuantitativo que cualitativo, lo cual ha empobrecido la escena urbana de nuestras ciudades.

En la etapa histórica más lejana a la que alcanzan mis recuerdos, la que discurre a partir de 1960, los políticos y la sociedad se mostraban, tras la alargada crisis de la postguerra, abiertamente inclinados al asombro de las cifras de producción inmobiliaria, del todo necesarias para alojar a los nutridos contingentes de migrantes que abandonaban el campo y abarrotaban las periferias urbanas de las grandes ciudades en un proceso tan convulso como aparatoso. Todo lo tapaban las cifras, incluso cuando había pretensiones de cierta calidad urbano-arquitectónica, debidas en buena parte a personajes como Pedro Bidagor, un refinado intelectual disidente, infiltrado en diversos órganos de gobierno urbanístico de la Administración franquista. En tales casos, la propaganda del régimen, especialmente a través de los telediarios y del  NO-DO (altavoces principales de la ideología desarrollista), sumergía estas pretensiones de diseño urbano entre una marea entusiasta de números, enunciados siempre con ahuecada expresión épica.

Esta deriva ha dado lugar a una cultura urbanística mostrenca, aumentada posteriormente por los contenidos limitantes y limitados de la legislación de suelo. En lugar de procurar un mejor nivel de calidad para nuestras ciudades, las sucesivas leyes del suelo generadas a partir de la de 1975, además de intentar controlar, infructuosamente, la actividad promotora, han desatendido aspectos consustanciales al hecho urbano: la densidad y la altura, por ejemplo, han sido persistentemente recusadas, pese a que están indisolublemente asociadas a la propia idea de la ciudad, que no existe sin una elevada densidad, y a los principios de racionalidad ecológica, mucho más factible en áreas urbanas densas con edificación en altura. Y también han propiciado la ignorancia sobre la morfología de la ciudad, dolorosamente subestimada por los instrumentos de planeamiento.

El balance resultante de la legislación urbanística y de la práctica subsecuente imperante desde 1975 es desolador. Lo era ya en los albores del reciente periodo democrático (lo denomino así, aunque sea con innumerables reticencias, a fin de marcar el comienzo de una etapa diferenciada en el modelo de gestión municipal), fecha en la que eran muy pocas las ciudades españolas que tuvieran un nivel cualitativo interesante en el modelo urbano reciente y en la configuración de la escena urbana. Y lo es ahora, pues desde esa fecha crucial, pocas son las áreas urbanas de nueva factura sobre las que pueden verterse juicios favorables indiscutibles y globales, y muy contadas las operaciones integradas de mejora de escena urbana aplicadas en las ciudades españolas.

Lo acaecido entre los primeros ochenta y la época actual no induce al optimismo. Pues si bien es cierto que la calidad de las ciudades ha mejorado en sus aspectos funcionales básicos (servicios, limpieza, transporte, iluminación –incluso en exceso-, mobiliario), son pocas las ciudades que han resuelto dos aspectos esenciales para la regeneración formal del tejido urbano: ni ha habido planes integrales de escena urbana (que dieran coherencia y coordinaran las actuaciones tendentes a la mejora de la escena), ni se vislumbra equilibrio alguno entre los espacios centrales y las periferias (pues es en los primeros donde se han centrado de forma abusiva las intervenciones municipales). Los resultados de esta política son evidentes: abunda la espontaneidad en las intervenciones (muchas veces resultado estricto de onerosos caprichos de los responsables políticos); es obvio el mimetismo de las soluciones (en su mayor parte, meras ocurrencias no siempre extrapolables); predomina la descoordinación y la improvisación (que generan despilfarro de recursos escasos); y como postre, aumenta la desatención a las periferias (en contraste con el esplendor de las áreas centrales). Así que tenemos ciudades que, en su mejor versión, son parcialmente vistosas y aparentes; no muchas por cierto, pero incluso cuando se trata de casos con una lectura superficial favorable, un análisis más en profundidad promueve opiniones menos favorables.

Ni siquiera las mejores se salvan. A menudo aparecen en medios de comunicación clasificaciones sobre la calidad urbanística de las capitales provinciales españolas. Desde hace 20 años hay cuatro de ellas que ocupan las primeras posiciones, a veces intercambiándose los liderazgos: Pamplona, Girona, Vitoria y, en un lugar menos destacado, Lleida. Cierto es que sus respuestas a los parámetros convencionales (m2 de zona verde por habitante, equipamientos, servicios, dotaciones) son claras y a veces incomparablemente mejores que las de las demás capitales, y que, al menos en los tres primeros casos, se evidencia una mayor calidad del espacio urbano, tanto formal como funcionalmente… pero es también verdad que son ciudades adustas (a mí me recuerdan a la vieja Vetusta de Clarín, con toda la carga de intolerancia añadida, como ocurre, por otro lado, en las capitales provinciales del Norte de España) y que, por atractivas que parezcan al visitante fugaz, no suelen concitar procesos de inmigración voluntaria, como sí ocurre, por otra parte, en algunas destartaladas ciudades litorales del Sur.

Desde esta perspectiva, el problema de la escena urbana tiene una doble condición. Resulta necesaria, desde luego, pues de una buena calidad urbanística se desprenden beneficios de todo orden, que referiremos más adelante, pero no es suficiente, pues no basta con una elevada calidad de la escena urbana para que la ciudad sea global y persistentemente atractiva. Tenemos una cultura muy visual, especialmente acusada en los lectores de esta publicación, de forma que se sobrevalora la participación de la escena urbana en la consideración general que la ciudadanía tiene de una ciudad, pero hay otros factores que son más poderosos: la vitalidad, la acumulación de ofertas, las condiciones medioambientales, la intensidad de los flujos económicos, la conectividad. O, como refiere Richard Florida, la tolerancia, que según él es el factor primordial para la elección de los asentamientos por parte de los terciarios creativos.

Pero aunque no sea suficiente, la calidad de la escena urbana es, sin embargo, necesaria. Ya se ha dicho. Y lo es porque genera autoestima urbana y territorial, un factor básico sobre el que construir un modelo de conducta social y económica de calidad. Difícilmente puede un territorio o una ciudad asumir un modelo productivo, proyectable al exterior como excelente, que se edifique sobre la desidia, la inconsistencia o el mal gusto. Y cuando una ciudad quiere progresar en la producción de bienes, sean tangibles o intangibles, sometidos a las exigencias de la excelencia, debe cumplir previamente con la obligación de generar un marco global también subordinado a estas exigencias. No hay disociación posible, al menos en el espacio europeo, de ahí los distintos modelos productivos de algunas de las ciudades más masculinas  y desastradas (Madrid, Moscú, Turín, Manchester, Liverpool, Munich, Stuttgart) con respecto a las acreditadamente femeninas y acicaladas (París, Milán, Barcelona, Roma, Praga, Viena, Amsterdam). No es que estos modelos sean mejores o peores, pues depende de los parámetros de análisis, pero son evidentemente distintos. Y tienen efectos diferenciados en la calidad de vida de sus habitantes, favorables en las últimas.

Otro factor positivo para las ciudades con buena escena urbana es su capacidad para atraer a los foráneos, sea de modo transitorio (turistas) o permanente (inmigrantes). De la capacidad de una ciudad para ejercer esa atracción derivan incontables beneficios a largo plazo, sea por la activación económica de argumentos preexistentes (caso del turismo), sea por su capacidad para seleccionar sus inmigrantes en función de sus habilidades y formación (caso de la inmigración) y mejorar el sustrato productivo. Hay algún ejemplo: para frenar la fuga de cerebros de sus instalaciones informáticas, Michael Dell tuvo que generar en su población de origen, Austin (Texas), proyectos urbanísticos residenciales capaces de competir con las áreas de elevada calidad receptoras de inmigrantes cualificados (California, Florida). Una evidencia de que la escena urbana comporta objetivos económicos adicionales que han de considerarse y que justifican sobradamente las inversiones que se realicen para su mejora.

Cualificar la escena urbana no es sólo una exigencia emanada de la sensibilidad cultural. Es también un propósito que tiene efectos económicos positivos para la ciudad y los ciudadanos. No hace muchos años escribí: “el discurso sobre la escena urbana trasciende de una dimensión puramente estética (aunque al final todo termine siendo una cuestión estética): se trata de una inversión, remota e indirecta si se quiere, pero de rentabilidad segura y consistente en el largo plazo. Por ello resulta incomprensible que la planificación urbana se detenga casi exclusivamente en los aspectos jurídico-formales de la actividad urbanística. Como si la belleza no pudiera, no debiera, ser objeto de programación”. Sigo pensando lo mismo. Pero con mayor convicción, si cabe.

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