SERGIO MENDOZA “Dependo mucho de las emociones nuevas y sin ellas me ahogo”.

Sergio Mendoza (Xàbia – Valencia, 1984).

¿Qué fue primero: huevo o gallina? La gallina ya estaba. El huevo fue un proyecto largo y tormentoso… Y probablemente el cliente empezó queriéndolo cuadrado. ¿Qué torpeza tuya te gustaría borrar? Quizás que me gusta mucho la cocina pero nunca acierto las cantidades. ¿Quién aprecia esa torpeza? Mi perra. Descríbete físicamente. Bajito, con barba y cara de susto.

Describe tu rutina preferida. Despertar en una habitación compartida con un italiano, un taiwanés y una araña gigante. Ir a correr y luego desayunar con gente de medio mundo en una mesa de madera al aire libre. Empezar un día de trabajo que no sé qué deparará, parando a comer cuscús a la una y con una pausa para café a las 4. Hadrien ha hecho tarta de zanahoria. A mi alrededor coreanas, italianos, mexicanos… trabajando en proyectos disparatados que siempre sorprenden. Después de cenar, alrededor de una hoguera, los extraños se hacen amigos. Y antes de ir a dormir, en el lago, los amigos se hacen familia. ¿Qué cosas, si pudieras, prohibirías en el ejercicio del diseño? Los estudios de paredes blancas y parquet.

Sergio en su estudio. Foto: Alejandro Benavent

¿Hay alguna injusticia frecuente que, como diseñador, te toque las narices? Las interferencias. Si un proyecto fuese un niño, antes de tomar la primera comunión se lo han follado (pero lo llaman amor) el cura, el concejal de fiestas, el jefe, el secretario del jefe, el patrocinador, el de marketing que es primo del otro jefe, e incluso el del bar. Luego el niño nos sale tonto, claro. ¿De qué colegas diseñadores te sientes -estéticamente- próximo? La estética no es demasiado protagonista en mi trabajo, pero me ha influido mucho todo el mundo que rodea a Domaine de Boisbuchet: Maarten Baas, Max Lamb, Sigga Heimis, Godspeed, Ricardo Salas, El Último Grito… CuldeSac siempre ha sido un referente en cuanto al método.

¿Hay algún software sin el que ya no podrías vivir? No. La vida sin software es mejor. ¿Hay algún grupo, en época pasada o reciente, al que hayas pertenecido y abandonado? ¿Por qué? Boisbuchet, donde organizamos los VITRA design workshops. Este año -por primera vez en siete- no he sido parte del equipo y lo he echado muchísimo de menos. Pero gracias a internet vivimos conectados y siempre surgen proyectos y colaboraciones, como la plataforma TIVD que presentamos en Milán este año o una instalación que está a punto de presentarse para la Moscow Design Week. Defínete. Inquieto, curioso, muy vivo. Dependo mucho de las emociones nuevas y sin ellas me ahogo. Soy feliz con poco pero me gustan demasiadas cosas. Soy muy crítico y con el tiempo me he vuelto más intransigente con lo que no me gusta; me da pereza fingir una sonrisa. No sé decir que no a los proyectos nuevos y me involucro demasiado en ellos.

Pide a tu padre que te defina. ¿Sergio? Nunca está contento con nada. ¿Frente a quién te quitas el sombrero? Frente a Pepe y Alberto de CuldeSac. Los conocí en mi segundo año de carrera, cuando recién empezaban el estudio y tenían una idea muy clara de cómo hacer las cosas. Me impresionaron e inspiraron mucho. Ocho años después han creado un mundo apartir de aquella idea y el estudio es más grande que un Corte Inglés. Y aun así, siempre han tenido un rato para escucharme y aconsejarme cuando me ha hecho falta.

¿Qué cosas han cambiado (para bien) estos últimos 6 años en Valencia? Tema delicado… La manera de hacer (mal) las cosas en esta ciudad es un tema recurrente que me encabrona. Para bien, el Valenbisi. Tiene muchos fallos y me molesta que lo vendan como innovación puntera, y que haya quien lo crea y lo aplauda… un sistema que Berlín adoptó hace 12 años. ¡Ojo! Me gusta mi ciudad, pero eso no la hace ‘la millor del mon’… Con todo, me parece que Valenbisi ha sido el mayor avance del día a día del ciudadano y lo que más ha cambiado la ciudad; más que la Copa América, la F1, la Ciudad de las Ciencias o incluso que el Papa viniera a besar la acera de mi casa. ¿Cuál es la promesa más reciente que has roto? Me prometí no volver a trabajar gratis.

¿Cuál es el peor enemigo del diseño actual? La propia palabra “diseño”. Hay una creencia generalizada de que que incorporar el “diseño” a un proyecto significa encarecerlo. Va asociado a sobrecoste superfluo. Y la creencia está en parte justificada: todos hemos visto poner sillas de 500€ en un bar que vende cervezas a 1’60€. Es ridículo pero quedan bien en las fotos de prensa, aunque el negocio esté abocado al fracaso. Pasa también a otra escala, con museos muy caros que no tienen programación. Esta idea equivocada del diseño lo margina del proceso, y terminamos con empresas que fabrican cosas que nadie quiere y entonces, inexplicablemente, cierran por la crisis… Hay que trabajar por normalizar la palabra y que se la asocie con “hacer las cosas bien”, sentido común, reflexión, análisis, con la toma de decisiones fundamentadas y con criterio. Creo que el diseño debe ser una herramienta al servicio de las personas y sus ideas.

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