LOLA ZOIDO / The Garden I Will Never Get To Have

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23 septiembre, 2022 to 4 noviembre, 2022 All working days

GALERÍA TUESDAY TO FRIDAY

c/ Sant Pere Pasqual, 7 Bajo, 46008 València

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    TUESDAY TO FRIDAY


Texto: Mayte Gómez Molina, Escritora y Artista Digital.

En marzo de 2020 apareció en prensa una noticia que apenas tardó horas en convertirse en meme: Caelie Wilkens, una mujer británica, llevaba dos años cuidando una planta que resultó ser de plástico. Wilkens le decía al periódico que sentía una profunda decepción, que “aquellos últimos dos años habían sido una mentira”. Me reí. Lo reenvié a contactos que también se rieron. Pero dos años después, cada cierto tiempo, vuelvo a recordar las palabras de esa mujer devastada. Me pregunto si, durante esos dos años de cuidados, hasta que la mujer diseccionó la maceta y descubrió un trozo de corcho en el fondo, esa planta fue realmente falsa, o si, como en el experimento del gato de Schrödinger (de imposible comprobación), esa planta fue real y falsa, simultáneamente, hasta el momento justo en el que fue extraída del macetero y tuvo que decidirse por uno de esos dos estados. La pregunta que cada uno o dos meses vuelve a mi cabeza es la siguiente: ¿algo que produce sentimientos reales puede llegar a ser falso?

Las primeras representaciones de jardines registradas gráficamente provienen del Antiguo Egipto, donde en los planos de los templos y las representaciones jeroglí- ficas de grandes casas encontramos plantas organizadas en torno a estanques. Esta costumbre se extendió a la Grecia antigua, donde en los lugares públicos y de aprendizaje empezaron a incluirse estos espacios vegetales. Famosa es la escuela filosófica de Epicuro, donde los debates y las clases ocurrían en un jardín, en el que árboles y otras plantas escucharon algunos de los debates fundamentales sobre átomo y la felicidad como destino vital. Como aquella señora que cuidó de la realfalsa planta, y contaminada, como todas, por una imperante lógica binaria, no puedo evitar preguntarme cuál es la línea que separó de un corte limpio el huerto del jardín. Los primeros humanos acudían al huerto sabiéndose en deuda con la naturaleza, y, sin embargo, el jardín es una forma de proclamar el poder de los hombres sobre lo natural. Desconozco la historia de la jardinería, todo lo que tengo son suposiciones: un jardín es bello. Bello, hace mucho, mucho tiempo, significó algo favorecido por Dios. Dios es el orden. El orden es el lenguaje. Por tanto, el lenguaje dio lugar a los jardines. Tiene sentido si pensamos que en Egipto se representaron visualmente los primeros jardines, y que, en Egipto también, nacieron los jeroglíficos, una de las formas más antiguas de escritura. Esta hipótesis absolutamente inventada y arbitraria (aunque no sé si las cosas que pensamos pueden ser de alguna otra forma) me hace pensar que la necesidad de crear a través de los jardines llegó tan solo a través de la una necesidad de establecer un orden y conservar ese orden a largo plazo, para enorgullecernos de nuestra capacidad de domesticar a la naturaleza, lo que significa que se esperaba permanecer en un mismo lugar todo lo que dura una vida.

Mi generación, la de Lola Zoido, no puede aspirar a un jardín que demuestre nuestra capacidad de armonizar el caos. Nos conformamos con plantas de interior resistentes a nuestro ritmo de vida, que entre trabajos precarios e inestabilidad deja poco tiempo para poder cuidar de algo, algunas veces ni de una planta, muchas veces ni de nosotras mismas. Nuestra vida adulta llega más allá de los 30, incluso los 40, y la mayoría de nosotras jamás tendremos una casa con jardín, a no ser que nos toque la lotería o un pellizco de alguna herencia de la que podamos pagar el IVA, es decir: cosas bastante improbables. Dice Zoido, en sus notas sobre esta exposición, que la idea de futuro se ha desvanecido. Veo las piezas de la exposición y las pienso como una serie de estructuras, de columnas que soportan los ideales que nos quedan, los que transmitimos a las máquinas para que aprendan a pensar como nosotros (pobres). Estructuras que pueden transportarse, almacenarse, coleccionarse. Es ese el único jardín que podemos tener: un jardín plegable, que meto en una maleta y me llevo de casa en casa de alquiler, de país a país, un jardín que me parece algo mío con lo que crear un hogar ideal allí a donde quiera que vaya. Además de destruir la división natural-artificial, en The Garden I Will Never Get to Have, Lola Zoido nos hace preguntarnos si las máquinas han visto alguna vez el campo. Imagino, a las Inteligencias Artificiales en su tiempo libre, reunidas en las famosas praderas de Windows para, como en el jardín de Epicuro, hablar de qué es felicidad, ese comando de lenguaje que tanto ven en Internet, y que los propios humanos parecen no saber muy bien en qué consiste.